Redacción Angélica González

En un mundo dominado por las pantallas, el uso excesivo del celular se ha convertido en un fenómeno común. Sin embargo, detrás de la aparente rutina digital se esconde una amenaza silenciosa para la salud mental: el “doomscrolling”, una práctica que afecta directamente el cerebro, genera ansiedad y altera los niveles de bienestar emocional.

 

Aunque el término parece técnico o lejano, en realidad describe una conducta muy presente en la vida diaria de millones de personas.

 

 

¿Qué es el “doomscrolling”?

 

El “doomscrolling” consiste en deslizar sin control el celular para consumir noticias o contenidos negativos durante largos periodos, incluso cuando se siente angustia o cansancio.

 

Este hábito se hizo más visible durante la pandemia de COVID-19, cuando muchas personas buscaban información constante en redes sociales o portales de noticias.

 

El problema es que este comportamiento genera un ciclo de consumo pasivo y adictivo, alimentado por algoritmos que priorizan el contenido alarmista o sensacionalista. El usuario, sin notarlo, permanece más tiempo expuesto a información negativa, lo que eleva el estrés y deteriora su salud emocional.

 

 

Efectos del “doomscrolling” en la mente y el cuerpo

 

Deslizar sin parar puede parecer inofensivo, pero su impacto es profundo.
A nivel fisiológico, el “doomscrolling” activa la respuesta de estrés del organismo, elevando los niveles de cortisol, la hormona relacionada con la ansiedad.
Esto puede causar:

 


    •    Insomnio y dificultad para conciliar el sueño.
    •    Dolores de cabeza y tensión muscular.
    •    Fatiga constante y pérdida de concentración.
    •    Presión arterial elevada y alteraciones del ánimo.

 

En el plano psicológico, este hábito se asocia con mayor ansiedad, depresión y sensación de indefensión, especialmente cuando el usuario se expone a información negativa de forma continua. Incluso, algunos especialistas lo comparan con el trauma vicario, una respuesta emocional ante el sufrimiento ajeno.

 

 

¿Qué le ocurre al cerebro durante el “doomscrolling”?

 

El cerebro no está diseñado para procesar una cantidad ilimitada de noticias negativas.
Estudios recientes indican que el “doomscrolling” mantiene hiperactiva la amígdala, la región encargada de detectar amenazas. Este estado de alerta permanente desencadena la liberación constante de cortisol, lo que altera el hipocampo y la corteza prefrontal, zonas clave para la memoria, el aprendizaje y la toma de decisiones.

 

Además, el sistema de recompensa del cerebro, basado en la dopamina, se ve afectado. Al buscar compulsivamente información nueva —aunque sea negativa—, el cerebro entra en un ciclo de adicción digital que reduce la sensibilidad a estímulos positivos.
Con el tiempo, esto puede provocar fatiga mental, irritabilidad y dificultad para relajarse o disfrutar de actividades cotidianas.

 

 

Cómo evitar caer en el “doomscrolling”

 

Reducir el impacto del “doomscrolling” requiere tomar decisiones conscientes. Estas estrategias pueden ayudarte a recuperar el control digital:

 


    1.    Establecer límites de tiempo: configura temporizadores o apps que bloqueen redes sociales tras un periodo de uso.
    2.    Desactivar notificaciones: silencia alertas de noticias o redes que interrumpen constantemente la atención.
    3.    Crear zonas libres de pantallas: evita revisar el celular en la cama o durante las comidas.
    4.    Practicar actividades alternativas: caminar, leer o meditar ayudan a calmar la mente y romper el impulso de revisar el teléfono.
    5.    Usar herramientas de control digital: descarga aplicaciones que muestren el tiempo de uso y recomienden pausas activas.
    6.    Elegir fuentes confiables: evita el exceso de información sensacionalista y prioriza medios con verificación.

 

 

Reconectar con el presente

 

El “doomscrolling” no es solo un problema tecnológico, sino una señal del agotamiento mental de la era digital.

 

Tomar conciencia del tiempo que se pasa frente al celular y reemplazar los hábitos automáticos por prácticas más saludables puede restaurar el equilibrio emocional y cognitivo.

 

La clave está en aprender a desconectarse para volver a conectar: con uno mismo, con los demás y con el mundo real.

 

 

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